Tácticas de exhibición en el espacio público

 

por Jaime Iregui *
En las últimas alcaldías de Bogotá la recuperación y adecuación del espacio público ha ocupado un lugar prioritario al que se la ha asignado cada vez más presupuesto, así como expectativas por parte de los ciudadanos.

La construcción de andenes, alamedas y parques ha venido complementada con estrategias pedagógicas y normativas como el programa de cultura ciudadana y el recientemente aprobado código de policía, que busca reglamentar sus modos de uso y proponerse no tanto como una legislación de carácter estrictamente normativo, sino también como un amplio sistema de reglas diseñadas para facilitar la convivencia de los ciudadanos en el espacio público [1].

Este énfasis en el espacio público por parte de las instituciones distritales se inicia a partir de 1988, año en que los alcaldes comienzan a ser elegidos por votación ciudadana, y toma forma gracias a los procesos de descentralización que se implementaron con la reforma constitucional del 91: las funciones de regulación, recuperación y adecuación del espacio público dejaron de depender del gobierno central y pasaron a ser responsabilidad de los alcaldes y las instituciones que se crearon para el efecto.

A diferencia de las administraciones anteriores –cuyos alcaldes eran designados por el Presidente de la República- que lograban buena parte de su reconocimiento por la construcción de puentes y avenidas, en la última década el proceso de recuperación del espacio público no sólo ha pasado a un primer plano, sino que se ha convertido en símbolo de la capacidad del alcalde para gobernar y establecer el orden en la ciudad.

Así como la implementación del sistema de Transmilenio ha venido acompañada de críticas por quienes no creen que el sistema sea la solución al problema del transporte en la ciudad, y paros por parte del tradicional y cuestionado sistema de transporte de Bogotá, la recuperación del espacio público ha tenido como uno de sus principales problemas el de la reubicación y reorganización de la gran cantidad de vendedores ambulantes que se ganan la vida en las calles y andenes de la ciudad.


Los espacios del espacio público

Aunque generalmente se asocia el espacio público a su dimensión física (plazas, parques y avenidas), no sería posible comprenderlo si no se tienen en cuenta sus dimensiones sociales y discursivas. Como lo puntualiza la teórica de la comunicación Kathrin Wildner: el aspecto físico está referido a lo construido, a la infraestructura organizacional y a la arquitectura. En su aspecto social se entiende como escenario para actos y acciones. Los actores interpretan en el espacio un papel, negocian apropiación e interpretación, nociones y visiones de la ciudad. Refleja el orden social y sus instituciones en sus modos específicos de interacción y comunicación. El aspecto discursivo del espacio público tiene que ver con las ideas de ciudad y urbanidad en la que se basan las acciones. También se refiere a la representación del espacio y a su imagen. [2]

En el contexto del espacio público en su sentido discursivo y para intentar visualizar las complejas redes económico-espaciales que hay detrás de las estrategias y las tácticas de exhibición formales y no formales, es necesario referirse inicialmente al discurso de una geografía que tiene como objeto el estudio del espacio entendido como producto social [3] y en la que se plantean esquemas que pueden dar cuenta del porqué se producen configuraciones espaciales desequilibradas en todas las ciudades del mundo, que a su vez subordinan todas las prácticas espaciales a la dictadura del capital [4].

Para esta línea de pensamiento de la geografía, el espacio se define desde dos aspectos relacionados con la organización de la producción y los intercambios comerciales: el primero es el espacio como unidad absoluta [5], es decir, como aquel que territorialmente se encuentra estructurado a partir del lugar, los derechos y garantías que otorga el Estado a la empresa y a la propiedad privada, el segundo como aquel donde las mercancías son transportadas a través de un espacio de flujos diseñado y regulado por el Estado y que podría definirse como relativo: las vías y los canales de acceso entre los lugares de producción y los de exhibición y venta.

Estos lugares donde la mercancía es expuesta y vendida está generalmente al interior de la propiedad privada entendida como unidad absoluta –centros comerciales y almacenes- que limitan con el espacio público en lo que podría denominarse como su sistema expositivo [6], es decir, el entramado estructural que se utiliza para exhibir la mercancía como los son las vitrinas y escaparates.

En el caso de las estrategias [7] espaciales del comercio formalizado prevalece una estandarización y homogeneidad en cuanto a su arquitectura y los modos de disponer la mercancía, que es generado tanto por el acatamiento de regulaciones del Estado, como por las posibilidades específicas del espacio físico (vitrinas y escaparates) y el seguimiento de prácticas de mercadeo locales y globales que determinan sus estrategias de exhibición y venta.


Espacios tácticos e intercomunicados

Mientras en el caso del comercio formalizado se cumple con las normas de regulación del espacio público y tributación para con el Estado y las entidades pertinentes, no sucede lo mismo con el de las tácticas [8] de exhibición de los vendedores ambulantes.

Los llamados desequilibrios espaciales generados por la lógica del capital estarían reflejados principalmente en las prácticas espaciales del comercio informal, que han ocupado históricamente plazas, andenes y calles de la ciudad.

Dentro del proceso de recuperación del espacio público, los vendedores ambulantes que ocuparon por décadas lugares emblemáticos como la plaza de San Victorino, así como los andenes de las carreras trece y séptima, han sido reubicados en varios centros comerciales que la alcaldía ha construido –algunos de ellos han fracasado y se encuentran abandonados- como parte del programa de recuperación del espacio ocupado por el comercio informal y en el que se invirtieron cerca de doce mil millones de pesos entre 1991 y 1998 [9].

Aunque la recuperación de plazas y andenes de las vías arterias de la ciudad avanza de forma irreversible, la presión de las autoridades y la misma ciudadanía ha hecho que el comercio informal transforme el carácter estático e invasivo de sus puestos de venta, por un ágil y fluido conjunto de puestos móviles que facilitan al vendedor el desplazamiento por varios lugares de la ciudad.

Esta tendencia a la movilidad se ha venido generalizando entre el gremio de los comerciantes callejeros, tanto por efectos de la presión, como por simple funcionalidad, dado que facilita al vendedor ambulante escabullirse con éxito de "Jorge", nombre que le dan los vendedores al camión de la policía encargado de confiscar la mercancía de la economía informal.

Dentro los variados modos de exponer y vender la mercancía en el espacio público, el vendedor ambulante recurre a sistemas de disposición muy elementales, como los que utilizan al extender su mercancía sobre la superficie de los andenes, y los que cuentan con cierto grado de elaboración y movilidad, como aquellos utilizados para la exhibición y venta de dulces y cigarrillos.

Muchos de estos puestos móviles están intercomunicados a través de telefonía celular -que también ofrecen como servicio a sus clientes a razón de 500 pesos el minuto- lo que facilita aún más el envío de señales de alerta sobre posibles incursiones de las autoridades que tienen como desenlace el decomiso de la mercancía.

Tenemos entonces que como resultado de la presión sobre la economía informal, su sistema de circulación y venta se ha venido adaptando –redefiniendo sus tácticas y modos de exhibición- a una realidad política y social que busca insertarlos dentro de las lógicas y circuitos de la economía oficial.


Espacios que se desmontan y se transforman

En las épocas anteriores a 1988, cuando los alcaldes eran elegidos por el Presidente de la República, los vendedores ambulantes estaban organizados en sindicatos y contaban con licencias expedidas por la alcaldía, por lo que su presencia en el espacio público detentaba todos los visos de la legalidad [10].

Muchas de estas licencias eran adquiridas por trámite oficial y muchas más eran negociadas a través de intermediarios y políticos corruptos a cambio de votos para alcanzar un puesto público en instituciones como el Concejo de Bogotá [11].

El clientelismo y el poder de los sindicatos de vendedores comenzó a decrecer tanto por los cambios generados por la libre elección de alcaldes como por todos los procesos de descentralización que transfirieron a estos el derecho -y el deber- de hacer respetar y regular el espacio público de las ciudades.

Todo este proceso de recuperación y renovación del espacio público se ha visto reforzado por el hecho de que varias ciudades colombianas -principalmente Bogotá y Medellín- sufrieron a finales de la década de los ochenta y comienzos de los noventa, una fuerte oleada terrorista que detonó física y sicológicamente el espacio público como lugar de encuentro y socialización.

Un espacio para la exhibición de mercancía, discurso y control

Debido a los cambios políticos posteriores a 1988, a las formas orgánicas de resistencia a la norma, y a la necesidad de redefinir el concepto, el espacio público en Bogotá es entonces un tema político. La ciudadanía evalúa con ello el poder del alcalde para establecer su autoridad, que se traduce en organizar y ordenar la ciudad de acuerdo a lo estipulado en leyes y necesidades colectivas.

Para ello el alcalde cuenta con nuevas herramientas como lo son instituciones de reciente creación como la Defensoría del Espacio Público, el Taller de la Ciudad, el Comité Interinstitucional del Espacio Público, el Observatorio de Cultura Urbana e instrumentos normativos como la Ley del Espacio Público, la Ley de Reforma Urbana y el Código de Policía.

En septiembre de 2003 una sentencia de la Corte Suprema, advierte a las autoridades sobre los derechos al trabajo y les impide confiscar arbitrariamente la mercancía de los vendedores ambulantes, sumado a la llegada al poder de un alcalde que prometía más acción social y toma de decisiones concertadas con la comunidad, ha hecho que muchos vendedores retornen de nuevo a espacios de los que habían sido desalojados, tanto en el centro histórico como en la mayoría de las vías arterias de la ciudad.

Desde entonces el alcalde se ha reunido en varias ocasiones con representantes de los vendedores ambulantes, buscando concertar soluciones y posibles salidas para una reubicación más eficaz. En medio de estos procesos de concertación ha venido trabajando en su Plan Maestro del Espacio Público, que presenta a la ciudad el próximo 30 de junio.

Ese mismo día, y por advertencia del alcalde, el comercio informal debe retirarse de los espacios que habían retomado.
Lo público como espacio del sentido

Desde disciplinas tan diversas como la geografía, la sociología, el urbanismo, la antropología y las ciencias políticas, se están gestando nuevas aproximaciones a la experiencia y la conceptualización del espacio, que posibilitan la producción, el ordenamiento y la práctica de configuraciones espaciales distintas a las definidas por los sistemas hegemónicos que han determinado a lo largo de la historia los modos de practicar, representar y habitar el espacio.

En relación con las estrategias y las tácticas expositivas de instituciones y artistas, hay cuestionamientos en torno a si tiene sentido intervenir el espacio público con más esculturas y murales, estetizar y mitificar el drama de los menos favorecidos, dedicarse al activismo comunitario, dar visibilidad a paradojas y arbitrariedades…

Actualmente podría decirse que en casi todas las grandes ciudades, el espacio público ha pasado de ser el lugar de encuentro y socialización, a transformarse en uno de simple tránsito entre uno y otro punto de la ciudad; su diseño parece más orientado a optimizar los flujos de producción de un sistema que gira en torno a valores netamente económicos, que a satisfacer los deseos de bienestar y recreación de los ciudadanos.

No puede ocurrir lo mismo con nuestras ciudades, que insertadas en un país con elevadísimos niveles de violencia y sinsentido, necesitan de un lugar que, como lo es el espacio público, opere –así sea sólo a niveles mediáticos- como escenario para representar y visualizar las diferencias y los conflictos, crear nuevas formas de configuración y práctica espacial, negociar los límites entre Estado, ciudadanos y empresa privada, medir la capacidad de sus gobernantes y, en definitiva, para la construcción de un sentido colectivo que hasta hace pocos años, parecía haberse perdido para siempre.


Notas

[1] El Espacio público se entiende desde la historia urbana como “ el ámbito de los flujos y las circulaciones: la calle, la plaza y demás espacios donde se realizan los diversos intercambios, comercios y representaciones que se concretan en la dimensión pública. De igual manera deben considerarse los tipos arquitectónicos que se adoptan en cada momento y denotan formas y concepciones de vida”. Niño Carlos, “A propósito de la historia urbana”, Revista Textos # 8, pag 23

[2] Wildner Kathrin "La Plaza: Public Space as Space of Negotiation". Republicart, Real public spaces.

[3] El geógrafo David Harvey propone una geografía histórica del capitalismo que pueda dar cuenta de los procesos y desequilibrios de las configuraciones espaciales: “..los fenómenos que tenemos que observar aquí son de una variedad aparentemente infinita. Incluyen procesos y sucesos tan diversos como las luchas individuales sobre los derechos jurisdiccionales a un lote de tierra, las políticas coloniales y neocoloniales que siguen las diferentes naciones-Estado, la diferenciación residencial dentro de las zonas urbanas, las luchas entre pandillas callejeras sobre “su territorio”, la organización y el diseño del espacio para transmitir significados sociales y simbólicos, la articulación espacial entre diversos sistemas mercantiles (financieros, de mercancías, etc), las pautas regionales de crecimiento dentro de una división de trabajo,las concentraciones espaciales en la distribución del ejército industrial de reserva, las alianzas de clase formadas alrededor de nociones como la comunidad, la región y la nación, y así sucesivamente.” Texto citado en el libro “Debates sobre el espacio en la geografía contemporánea” de Ovidio Delgado Mahecha, Red de Estudios de Espacio y Territorio, Universidad Nacional, 2003.

[4] Delgado Ovidio, Op. cit.

[5] Harvey David, “Justice, nature & the geography of difference” Cambridge, Blackwell Publishers

[6] Bennet Tony, “The Exhibitionary Complex”, artículo compilado en el libro “Thinking about Exhibitions”, editado por Reesa Greenberg y publicado por Routledge, NYC, 1996.

[7] Se entiende estrategia en el sentido en que lo conceptualiza Michel de Certeau en “The Practice of Every Day Life”: “Llamo estrategia al cálculo de relaciones de fuerzas que se vuelve posible a partir del momento en que un sujeto de voluntad y de poder (una empresa, un ejército, una ciudad, una institución científica) es susceptible de aislarse de un ‘ambiente’. La estrategia postula un lugar susceptible de circunscribirse como un lugar propio y luego servir de base a un manejo de sus relaciones con una exterioridad distinta (los clientes o los competidores, los enemigos, el campo alrededor de la ciudad, los objetivos y los objetos de la investigación). Como en la administración gerencial, toda racionalización ‘estratégica’ se ocupa primero de distinguir en un ‘medio ambiente’ lo que es ‘propio’, es decir, el lugar del poder y de la voluntad propios. La racionalidad política, económica o científica se construye de acuerdo con este modelo estratégico.”

[8] Idem “llamo táctica a un cálculo que no puede contar con un lugar propio, ni por tanto con una frontera que distinga al otro como una totalidad visible. La táctica no tiene más lugar que el del otro. Se insinúa, fragmentariamente, sin tomarlo en su totalidad, sin poder mantenerlo a distancia. No dispone de una base donde capitalizar sus ventajas, preparar sus expansiones y asegurar una independencia en relación con las circunstancias”

[9] Donovan Michael, “Space Wars in Bogotá”, tesis de maestría en planeación urbana, M.I.T. 2002

[10] Ibid. pg 87

[11] Ibid. pg 65

* Articulo realizado en el marco de la Maestria de Historia y Teoria del Arte y la Arquitectura de la Universidad Nacional

 

 

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