Un artista muy caro

 

 

Un artista

 

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caro

  

 

 

 

Antonio Caro, ese icono indispensable del arte contemporáneo nacional pasó por aquí, dejó sus obras y también sus ideas en el Encuentro Medellín 2007 (MDE07). Retrato

 

Por Juan Fernando Rojas
“Caro es Caro. Él en sí es una obra, él vale por lo que es y otros sólo valen por lo que hacen”, diría de Antonio Caro, otro artista tan vital como él, Bernardo Salcedo quien murió a principio de 2007.

 

Y si uno mira de arriba a abajo a Caro, un hombre de 57 años, tan flaco como tímido, de voz inofensiva pero comentarios llenos de ironía, carcajada natural, pelos parados como en carnaval, gafas de lente grueso que esconden una mirada sincera, que expresa ideas tan genuinas como la atmósfera jipi que lo rodea. Podría decirse que sí es una obra andante imposible de repetir.

 

Vive en Bogotá con estrictamente lo justo. Nunca se ha regido por el dinero y subsiste dentro de una disciplina como de asceta. Eso sí, que no le falten sus hierbas aromáticas con las que hace los remedios e infusiones que toma desde hace cinco años para curarse por adelantado, y de las que sabe tanto como de arte. No en vano, hizo en 2001 Su salud está por el suelo, una obra que compone una reseña grande del diente de león con todas sus propiedades medicinales que cuelga de la pared y pega en el piso unas fotos de esa mata de florecitas amarillas que crece silvestre en orillas de las calles y las aceras de Bogotá.

 

Sin pretensiones, viviendo al día, Caro nunca hizo una familia, ni amasó propiedades ni riquezas, y ni siquiera tiene las obras que ha hecho en los últimos 40 años, pues muchas han ido a parar a colecciones del Banco de la República, los Museos de Arte Moderno de Bogotá, Cali y Pereira y el Queens Museum de Nueva York.

 

“Salí del colegio como todos los colombianos: como un perfecto idiota”, dice tajante este artista al que no le gusta que le llamen tal, pues sería un ataque a la sencillez. Comenzó a estudiar artes en la Universidad Nacional, a comienzos de los setenta, pero nunca terminó. Aún así y desde entonces está convencido de que “mi elección siempre es estar y conocer el mundo desde el arte, no más”.

 

Colombia supo de Caro en 1970, en un Salón Nacional de Artistas cuando se le ocurrió hacer un busto de sal del presidente de entonces (Carlos Lleras Restrepo), meterlo en una urna y echarle agua para que se diluyera lentamente, pero no contaba con que el recipiente tuviera fisuras e inundara esa sala del Museo Nacional. “Empecé con el pie izquierdo y admiraron más el desastre que la obra, eso salió hasta en periódicos”, recuerda.

 

Caro llegó a Medellín este abril con sus ideas y algunas obras. Era uno de los artistas invitados por el Encuentro Medellín 2007 (MDE07) para exponer una retrospectiva de su trabajo.

 

 

En una de las visitas guiadas por su obra, no tuvo problema en ponerse una camisa que decía “guía” y asumir ese rol de los que orientan el recorrido por los museos: “Por testarudez del artista se quitaron las fichas técnicas de las obras y se puso un mapa conceptual que encuentran al ingreso de la sala, ahí sabrá quién es él”, decía con voz impostada, al mejor estilo de un refinado guía de galería, como riéndose de esa artificialidad del lenguaje que se oye en esos espacios.

 

La gente reía sin dejar de prestarle atención. Cuando llegó a su obra Aquí no cabe el arte (1972) —esa frase escrita en pliegos de cartulina que debajo dice los nombres de estudiantes junto con la fecha en que fueron asesinados—, dijo: “Como pueden darse cuenta aquí sí cupo ese trabajo del artista”. Volvían las carcajadas entre el asombro y la admiración por una obra que, como dicen los críticos, se resiste a patrones culturales dominantes y expresa su desobediencia a lo establecido.

 

Así aparecieron casi unos nuevos símbolos nacionales como aquel que escribe Colombia con la misma tipografía de la marca Coca-Cola (1976) y bajo ese mismo sentido publicitario Todo está muy caro (1978), “eso se convirtió en el nombre de muchas exposiciones mías y todo un lema, y bueno, ahora no es que todo esté muy caro que digamos sino que nos lo hacen ver como más barato”, comenta Caro con esa ironía de siempre, con esa conciencia crítica de la realidad que no cesa y que ahora se hace visible en sus posturas a favor de la dosis personal y el aborto como derechos fundamentales, impresos en camisetas y volantes.

 

—¿Y esto es otra forma de hacer arte público?
—Arte público es el Partenón de Grecia —responde con tono serio—. Ahí se identificaban desde el rico hasta el esclavo. Arte público es La Gorda del Parque de Berrío, porque la gente que pasa por allí se apropió de ella y le tienen hasta chiste: dijeron que iban a desocupar el parque por le iban a dar un purgante a la gorda. Usted puede llevar una maravilla de obra a la comunidad, pero si no la asumen propia es una invasión del espacio público.

 

—¿Y las otras esculturas de Botero que están en la calle no son arte público?
—Esas no. Esa plazoleta inmunda de Botero es el egocentrismo al exceso. Ojalá fuera más un mausoleo.
Caro hace años no venía a Medellín, lo sorprendió su cambio: “Ya no es, ni sabe a pueblo”. Aquí vivió de niño, “en una casa que quedaba sobre la carrera Bolívar, pero el metro me tumbó esa memoria y no me avisaron”, decía entre risas mientras caminaba por el pasaje Junín deteniéndose a mirar detalles que pocos advierten, como los avisos pequeñitos inscritos en los puestos de dulces de los vendedores ambulantes.

 

—¿Y cómo le ha parecido el Encuentro MDE07?
—Perdóneme pero es de muy mala educación estar invitado a una comida y decir que la sopa está muy fría. En este Encuentro me siento como una pieza de un rompecabezas que no entiendo. Supuestamente los gurúes, los señores curadores, al final me van a explicar en un libro, espero ser parte de esa explicación —dice sin pretensiones, a lo que sigue una de sus risas naturales.
Después diría con esa humildad de conocimiento, que le hace decir un “creo” al comienzo de cada frase, que el arte contemporáneo está llamado a construir imaginarios, expresiones que lleguen a la gente, porque a veces se encuentra con que no sólo las obras son herméticas, sino las explicaciones que de ellas hacen: “El arte está hecho para comunicar, para conectarse a la realidad. A veces le encuentran a las obras explicaciones muy complejas pudiendo decirlas en palabras más simplecitas”, dice.
Mientras seguíamos nuestro camino a Versalles para almorzar algo que rompiera su dieta de verduras y frutas de los últimos días, se notaba en sus explicaciones escuetas que no hay nada más alejado de él que entender el arte como producto comercial y que con su obra lo ha tratado de mantener como un ejercicio cultural, desinteresado, sin egos de por medio: “el arte debería tener peso, no pesos”.

 

—¿Qué sigue ahora para Caro?
Ahora Caro es de todos, como el nombre de mi exposición en el Museo. Eso vine a decirle a la gente: que quiero servir al rey como igual y al esclavo como al rey.

 

—¿Y esa frase de quién es?
Esa es mía, me la acabo de inventar —concluye con otra carcajada.
Así es Caro, uno que se ríe de la vida, uno que dice sin pena que “soy muy pobre para deprimirme”, uno que tiene tres deseos (viajar a España, tener un perrito y un caballo, “pero con finca para que no sufran” ), uno que se levanta todos los días con una idea: “tratar de empezar como ángel”. Salcedo tiene razón: Caro es Caro. Y otra más: Caro es de todos.

 

Revista La Hoja de Medellín, edición 296, junio de 2007, páginas 16 y 17

 

 

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